Humildad


Miercoles 20 de Septiembre 2017 | Comunicaciones ACYM

Es necesario que él crezca, y que yo disminuya.


Humildad

Una de las armas más efectivas que Dios ha usado para realizar su obra en el mundo es la humildad. Esto se nota en que Dios usa al cordero y no a león, a la débil parra en lugar del fuerte roble, al barro en lugar del mármol; al pollino de asno y no al caballo; al niño pequeño y no al sabio; y el humilde pesebre en lugar del suntuoso palacio.

No sólo ha usado Dios las cosas pequeñas y humildes, sino que desde la creación de Adán hasta nuestros días, Dios se ha valido siempre de hombres humildes, y estos han sido pocos, porque la humildad, según Dios la desea, es la más rara de las virtudes. No porque Dios no quiera tener hijos humildes, sino porque los cristianos no quieren pagar el precio de la humildad.

La falta de humildad en nuestras vidas es la mayor barrera que se interpone entre nosotros y la vida victoriosa, abundante, rica y fructífera. Alguien ha dicho que la posesión de la humildad asegura todas las demás virtudes.

Cuando entendemos los componentes positivos y negativos de la humildad, nace en nuestro corazón un vehemente deseo de poseerla.

La definición de Dios de la humildad está Filipenses 2:3-4 "No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás".

Estos mandamientos no son fáciles de cumplir porque el fuego del orgullo prende en nosotros constantemente, por lo que los otros puedan pensar de nosotros, ya sea de nuestra posición, educación, o cualquier otra lisonja.
La humildad no es la poca estimación de lo que somos o tenemos, sino la correcta evaluación de nosotros mismos. No es depreciación de uno mismo, si no apreciación de Dios. La humildad es resistencia a la aprobación falsa, ya sea de nosotros mismos o de otros.
Hay en la mayoría de nosotros, una humildad falsa que es orgullo engañoso. Este es el peor orgullo porque tiene raíz la hipocresía y simulación. Sirve para crear en otros la idea de humildad personal, y al mismo tiempo llama la atención a uno mismo. La humildad nace cuando nos volvemos inconscientes de nosotros mismos, entonces es cuando Dios puede usar nuestros talentos a su voluntad. El creerse humilde es ser orgulloso.
¿Somos realmente humildes? Un análisis escudriñador de nuestro orgullo revelará un retrato lamentable. Sin embargo tenemos que vernos a la luz de lo que somos para esperar tener una humildad como la de Cristo.
¿Son impulsadas nuestras vidas por motivos modestos y generosos? ¿Estimamos a los demás como mejores que a nosotros mismos? ¿Estamos dispuestos a a que los demás reciban todo el crédito por lo que nosotros mismos hemos hecho?¿Damos a Dios toda la honra por los talentos que tenemos?
Por la Palabra de Dios vemos que la humildad es el medio más eficaz que conduce al perfeccionamiento. La sincera estimación de lo que el Señor promete debe estimularnos a la acción y reprendernos por el orgullo que hemos abrigado en el corazón.
La recompensa de la humildad es un misterio, porque si nos hacemos como nada y nos humillamos hasta el polvo, seremos ensalzados (Santiago 4.10). "Dios da al humilde riquezas, honores y vida" (Proverbios 22.4). El mayor en el reino de los cielos es el que se humilla hasta volverse como un niño. "El Señor oye el deseo de los humildes y los atiende" (Salmos 10.17). "El señor de gracia a los humildes" (Santiago 4.6). Todas estas promesas de bendición para los humildes deben ser un poderoso estímulo para la vida de negación propia y crucifixión del viejo hombre; pero hay aún mayor ganancia.

Nada perdemos y lo ganamos todo cuando hundimos nuestro orgullo en la voluntad de Dios. Por regla general los cristianos desean ser útiles en el servicio cristiano. Según Miqueas 6.1-8 seremos útiles a Dios solamente cuando nos humillamos para andar con él.

Sin duda, el mayor motivo que nos impulsa a una vida de humildad es el ejemplo de Jesús. Ni sus palabras y sus acciones fueron dichas y hechas con aire de grandeza. El Señor nació en un pesebre, se crió como hijo de un carpintero, caminó por los caminos polvorientos de Palestina, escogió por discípulos a hombres de humilde condición, entró a Jerusalén montado en un pollino de asno, jamás vivió en un palacio, y se dio a sí mismo para ser crucificado como si fuera un malhechor. ¡Qué mayor gloria podemos encontrar que la sencillez y humildad de Jesucristo! ¿Qué relación tiene Cristo con la pompa y vanidad de nuestras ideas y de nuestros ritos y ceremonias?¿De qué tenemos que gloriarnos? ¿Hemos venido al mundo por nuestra propia voluntad? ¿Hemos conseguido nuestros talentos por esfuerzo personal? ¿Hemos comprado nuestra salvación o es un don de Dios? Olvidémonos de nosotros mismos, aprisionando al "yo" en ropaje de humildad.

Los verdaderos humildes no son conscientes de ello, porque cuando nos consideremos humildes somos realmente orgullosos. Cuidémonos para que Satanás no nos tiente con una apariencia de humildad para cubrir nuestro venenoso orgullo. ¡Con cuánta sutileza escondemos el pecado con una capa de falsa humildad que hace creer a los demás que somos espirituales! Tenemos que llegar al punto de ver en toda su fealdad al orgulloso "yo", y aborrecerlo de todo corazón para entregarnos incondicionalmente al señor, entonces las percepciones de Jesús podrían verse en nosotros al ser transformados de gloria en gloria por el espíritu Santo.

Midámonos por las normas de humildad que la Biblia nos da y veamos dónde faltamos. Que "a él conviene crecer, más a mi menguar" (Juan 3.30). El deseo de Juan el Bautista, prenda en nosotros y nos lleve a buscar la humildad. Dejemos que Cristo se posesione de nosotros de tal modo que podamos decir " Ya no vivo yo: mas vive Cristo en mí".

Tomado de la Revista Salud y Vida, 1950





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