Ojos que no ven, corazón que si siente


Viernes 17 de Febrero de 2017 | Comunicaciones ACYM


Testimonio Familia Saint-Jean, Primera Alianza de Santiago
Testimonio de Sebastian

​Lo primero que te preguntas al escribir un testimonio es ¿bendeciré a otros con mis palabras? Y entonces te pones a pensar y hacer memoria de cómo ha sido la vida. Con Pamela tenemos 16 años de matrimonio y tres hijos. Jonathan de 16, Tamara de 12 y Sebastián de 10. La llegada de Sebastián fue normal, hasta que al mes de vida nos dimos cuenta que no fijaba su vista, y que la luz del sol no le molestaba en lo más mínimo.

Sebastián tenía "Síndrome de Norrie", en ese momento, único caso detectado en Chile, según nuestra genetista. Eso en la práctica significaba ceguera completa de nacimiento y la posibilidad de que desarrolle pérdida auditiva y retraso mental en menor o mayor grado, durante su adolescencia y vida adulta.

Y entonces todo cambió. Al principio sentimos una pena muy grande porque hay cosas que simplemente no puedo explicar a mi hijo, como las montañas y su inmensidad, el mar que desaparece en el horizonte, las nubes que cuelgan en el cielo, el avión que surca el inmenso cielo azul. Azul? ¿Cómo le explico el azul? Y la lluvia ¿será de colores? Todas estas y muchas otras eran preguntas que pasaban como torbellino en nuestras mentes. Algunas no serán respondidas nunca. Otras han perdido el sentido.

Familia de Sebastian ¿Cómo es nuestra vida? Corrida y loca. Él asiste a un colegio especial, le encanta la música, los besos y los abrazos. Ha puesto nombres a todos sus juguetes, conoce perfectamente su casa, la casa de sus tíos y los lugares en donde acostumbra ir. Porque a pesar de que Sebastián tiene comportamientos sociales diferentes a los demás niños, nuestra principal meta es que él tenga una vida lo más normal posible. Así que si vamos al cerro, subimos el cerro con él, aunque sea en la espalda. Si vamos a la playa, entramos al agua con él hasta donde pueda. Si vamos a Fantasilandia, lo subimos a los mismos juegos que subiría un niño vidente. Y en la piscina (le encanta el agua) los juegos son bruscos y de fuerza, juegos de niños. Esto porque queremos que nuestro hijo sea un niño más, un niño feliz, regaloneado y lleno de emociones. Que sea un niño pleno. Y que sea el mejor. Como todos los demás niños.

Como todos los demás papás, tenemos orgullo de nuestro hijo. Nos encanta su sonrisa y simpatía. De hecho, nos sentimos encantados de que Dios nos haya permitido ser los papás de este niño. ¡Cuánto hemos aprendido de él! ¡Cuánto nos ha enseñado!

Nunca nos hemos preguntado por qué a nosotros, sino que hemos aceptado ser una familia especial, seguros de que Dios está con nosotros en todo tiempo, y con el pasar de los años nos vamos dando cuenta de la bendición que Sebastián ha sido para nosotros y para los que lo conocen.

¿Ha sido fácil? No, para nada. Y está siendo cada vez más difícil. Pero cuando yo me entristezco, Pamela me apoya, me abraza y me anima. Y lo mismo hago yo con ella cuando veo que le duele el corazón. Y lo mismo hacemos con los hermanos de Sebastián.

¿Nos gustaría que Sebastián viera? ¡Por supuesto! ¿Puede Dios hacerlo? ¡Claro que sí! Pero no sentimos que Dios quiera que Sebastián vea. Dios lo creó así. Para que lo glorifique así. Porque delante de Él todos somos iguales. Frente al Padre, todos somos perfectos. Y también somos todos incapacitados.

Porque todos dependemos de Él y de su gracia. Y es esta misma gracia divina, la que hace que seamos felices como familia. Y al final de todo, eso es lo que cuenta.

Rodrigo, Sebastian, Pamela, Tamara y Jonathan.




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